Fawcett Fotógrafo
De Percy Harrison Fawcett se ha escrito mucho y se ha dicho más. Pero casi nada hace referencia a su labor como fotógrafo, como cronista visual de sus propios viajes. Lo primero que hay que pensar con relación al asunto, para aproximarnos a una contextualización, es que en las primeras décadas del siglo XX, no había cámaras digitales. Era todo un problema, más y mayor, llevar cámara fotográfica en travesía por montañas y selvas. Pero, con mérito propio para la historia y su gloria personal, Fawcett lo hizo. Otros exploradores cómo él, la mayoría, sólo dejaron papeles y mucha incredulidad detrás de ellos. Cartógrafo de profesión, quiero pensar que agregar el equipo fotográfico a sus instrumentos de medición geográfica, era, para Fawcett, una cuestión logística similar. Mula más, mula menos, en algunos casos. Pero la gloria cuesta y hay fotos que PHF nos ha legado, que fueron tomadas gracias al puro tesón, la perseverancia y el aguante físico de los expedicionarios. Pienso en las que los retratan en las cabeceras del río Verde, en la frontera boliviano-brasileña del cerrado sudamericano. Hoy sigue siendo una odisea llegar allí. Así que imaginen lo que fue lograr la hazaña de hacerlo con cámara y ¡con trípode! esos años donde aún ni siquiera el automóvil era de uso habitual. Las fotografías que se muestran a continuación no figuran en su libro de memorias –como la referida del Río Verde–. Son las fotos con las cuales el propio PHF acompañó sus informes a la Royal Geographical Society en las presentaciones formales de los hallazgos de sus expediciones, patrocinadas por la citada institución. Son poco conocidas, que pueblan esos archivos victorianos que juntan polvo y olvido en Londres, y que hoy encuentran la luz en esta página de confines diversos. Para quien haya leído el antológico libro del coronel británico sobre sus idas y venidas por Sudamérica, estas tomas tendrán el sabor aparte de volver a recorrer esas páginas tan intensas, esta vez de la mano del ojo que, en muchos casos, lo vio primero, puro y original.
Ethiopie méridionale, de Jules Borelli

Jules Borelli fue el primer europeo que reconoció la parte alta y media del río Omo (actual Etiopía) en la década de 1880. Sin embargo la historia lo recuerda menos como explorador que como protagonista de un hecho fortuito: haber topado en Ankober con Arthur Rimbaud, por entonces dedicado al comercio de café en Abisinia. En su Ethiopie méridionale ( Journal de mon voyage aux pays amhara, oromo et sidama, 1885-1888), los pasajes donde menciona a su compatriota ocupan un modestísimo espacio, pues Borelli ni idea tenía que aquel francés “amargado e irascible” era, además de comerciante, el autor de una de las obras literarias más singulares del siglo XIX. No consta en los créditos el nombre del autor de los cientos de grabados y mapas que ilustran la obra. Sin duda le llamaban la atención las jovencitas, cuyas poses y actitudes parecen burlar las fronteras culturales que separaban el continente europeo del africano. Ethiopie méridionale fue publicado en 1890 por la Ancienne Maison Quantin y es hoy un trofeo inestimable para cualquier bibliófilo.

Ilustraciones de Las Mil Noches y una Noche , edición privada del Club Burton (1888)

“En Trieste, en 1872, en un palacio con estatuas húmedas y obras de salubridad deficientes, un caballero con la cara historiada por una cicatriz africana -el capitán Richard Francis Burton, cónsul inglés- emprendió una famosa traducción del Quitab alif laila ua laila, libro que también los rumíes llamaron Las Mil y una Noches. Uno de los secretos fines de su trabajo era la aniquilación de otro caballero (también de barba tenebrosa de moro, también curtido) que estaba compilando en Inglaterra un vasto diccionario y que murió mucho antes de ser aniquilado por Burton. Ése era Edward Lane, el orientalista, autor de una versión harto escrupulosa de las Mil y una noches, que había suplantado a otra de Galland”.

Así describe Borges la edición de diecisiete tomos vertida directamente del árabe por Burton, colmada de notas y excursos que, compendiados, configurarían una obra autónoma y sorprendente sobre los usos y costumbres de los pueblos orientales. La edición princeps de The Book of the Thousand Nights and a Night constó de mil ejemplares, tirada exclusiva para mil suscriptores del Club Burton, una isla librepensadora en el recatado océano victoriano. Cada tomo cuenta con ilustraciones de varios famosos grabadores de la época. Estos son algunas de las viñetas que pueblan sus páginas.

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