MONTE ATHOS: MIL AñOS DE SOLEDAD
Por Gonzalo Monterroso

 

 

Mucho antes de que los hombres se propusieran conquistar las montañas, éstas ya habían conquistado a los hombres.

DANIEL BOORSTIN

 

 

 

 

ATHOS: MIL AÑOS DE SOLEDAD.

 

En un mundo cada vez más huérfano de geografías sagradas, donde el turismo y la política buscan allanar todo misterio bajo el engañoso manto de un planeta sin vacíos, abismos aterradores ni tierras incógnitas, el Athos brilla con luz propia sobre la última página de historia medieval del Mediterráneo. Muchos han oído hablar de esta montaña griega con veinte monasterios apartados, cuya entrada está vedada a las mujeres. Monte Athos ha preservado su independencia por más de mil años, y su carta de fundación jamás ha sido desatendida. La montaña que ayer prestó su cumbre a la cadena de hogueras que transmitió a Mecenas la noticia de la caída de Troya, hoy resiste a la era global. “Esta lengua de tierra autónoma constituye un islote casi intacto del mundo bizantino. Ha conservado su arquitectura, su estilo, sus costumbres y su ritual. Los nombres de sus emperadores son recordados cada día en los oficios, sus edictos permanecen vigentes, como si Bizancio no se hubiese extinguido jamás. Su espíritu se conserva todavía puro, intransigente, proyectado hacia un ideal soberano. Sentí que viajaba no solamente en el espacio sino en el tiempo; hacia atrás, hacia los siglos pasados, pero también la experiencia inversa: la de penetrar súbitamente en el ambiente de una sociedad futura”1.

 El Athos es tan antiguo como la mitología. Se dice que Poseidón –el dios del mar griego, que los romanos adoptaron con el nombre de Neptuno– y el gigante tracio Athos entablaron una terrible lucha, cuya ferocidad quedó plasmada en la enorme roca que éste lanzó contra la divinidad, que logró esquivarla, quedando desde entonces incrustada en la península.

 El monte Athos (2.033 m) es mencionado en las primeras guías de viaje de Occidente. El Periplo del Pseudo-Escílax (siglos VI y IV a.C.) lo incluye en la hoja de ruta. Fue citado por Homero y avistado por los Argonautas. Los míticos viajeros de la Cólquide aseguraban que, cuando el sol se ponía, el Athos cubría con su sombra la isla de Lemnos. Esta creencia perduró hasta la Edad Media. El Ymago Mundi enseñaba que “el Athos es más alto que las nubes y tan elevado que su sombra llega a las setenta y seis millas”. Para Estrabón, “los que viven en las cimas del Athos ven salir el sol tres horas antes de que haya amanecido a nivel del mar”. Juan Comneno también lo encuentra muy elevado: “Athos es una montaña muy alta, tanto que toca el cielo. Es una de las doce montañas más grandes y más renombradas”. John de Mandeville, cuyo viaje apócrifo fue publicado en 1357, cita una montaña “que llaman Athos, y es tan alta que su sombra llega hasta Lempmne”. Según la obra de Athanasius Kircher sobre el Arca de Noé (Ámsterdam, 1635), el Athos fue una de las cuatro montañas que las aguas del Diluvio no alcanzaron a cubrir.

 

 

 

EL ATHOS, JERJES Y ALEJANDRO MAGNO.

 

 Los mitos y las letras han puesto de manifiesto la devoción y el carácter atemporal de la roca sagrada. Athos de cristal, lo llama Panayotis Soutsos (1806-1868): “Eres tú quien ha recibido primero la vida y tú el último que ofrecerá su nuca al verdugo del tiempo”. Persuadido de que su divino mármol estaba llamado a perdurar por siempre, un temerario constructor de Éfeso prometió a Alejandro Magno esculpir la santa montaña con su efigie “… y levantar dos ciudades a los lados de modo que corriera un río de la una a la otra”2.

 Cuando el rey Jerjes dirigió su ejército multinacional contra Grecia, todavía estaba vivo entre los persas el recuerdo de un terrible naufragio. Víctimas del viento, las naves de Mardonio habían sido arrojadas contra el Athos (492 a.C.). Herodoto afirma que en aquel naufragio murieron más de veinte mil personas, “pues como en aquellos mares abundan monstruos marinos, muchos de los náufragos cerca de Athos fueron arrebatados por ellos y devorados” (Libro VI, 44). Aleccionado por el desastre, y temiendo doblar el cabo del Athos con sus naves, Jerjes ordenó abrir un canal en el istmo (483 a.C.). “Cuando me detengo a pensar en este canal, hallo que Jerjes lo mandó a abrir para hacer alarde y ostentación de su grandeza, queriendo manifestar su poder y dejar en él un monumento; pues pudiendo su gente a costa de poco trabajo transportar sus naves por encima de istmo, mandó con todo abrir aquella fosa que comunicase con el mar, de anchura tal que por ella al par navegaban dos galeras” (Libro VII, 24) .

 Se entiende mejor la prudencia de Alejandro, que prefirió declinar el ofrecimiento de su arquitecto y dejar la montaña en paz, pues temía desafiarla como lo habían hecho los persas.

 

 

 

UN JARDIN PARA LA VIRGEN.

 

 Refiere una leyenda que la Virgen María y Juan el Evangelista –otros mencionan a Lucas– llegaron a las costas de Athos cuando una tormenta desvió la embarcación en la que viajaban. La Virgen quedó tan embelesada con el lugar –podría tratarse de la actual playa de Iviron– que pidió la tierra para sus hijos. Entonces una voz se hizo sentir: “Que este lugar sea para ti, sean tu jardín y tu paraíso, y que sirva de refugio para todos aquellos que buscan la salvación”. Por tal motivo los cristianos llaman a la pequeña península “el Jardín de la Virgen”: consideran que Athos es herencia de la Theotókos, y ninguna otra mujer puede, ni podrá, visitar el país de los monjes. Para que no quedaran dudas sobre tal exclusividad, los emperadores dejaron las cosas por escrito.

 Basilio I (867-886) adjudicó a perpetuidad la propiedad del Athos a los monjes (no pueden enajenarla), prohibiendo a los pastores y laicos circular por el Jardín de la Virgen (año 885). Constantino IX Monomaco (1042-1055) reforzó la imposición en el segundo typikon (1046), extendiendo el veto a toda mujer, animal hembra o su icono, “y a todo niño, eunuco y rostro barbilampiño”. Esta intransigencia obedeció a la presencia de familias que buscaban la caridad de los monjes, y de pastores valacos que habían sido autorizados a permanecer en la península a condición de proveerles leche, quesos y lana. Estos productos eran aportados por sus mujeres e hijos, y como algunas no desaprovechaban la oportunidad de vestirse como los monjes y permanecer en los monasterios, los higúmeni pusieron el grito en el cielo.

 

 

 

EL IMPULSO MONASTICO.

 

El despertar del cristianismo en la Montaña Santa es poco y mal conocido. Las leyendas cubren los baches históricos que media entre el mundo de los antiguos viajeros y la época iconoclasta, cuando se puede confiar en los primeros informantes4. Se sabe, eso sí, que los dioses siempre la habitaron: Esquilo llamaba al Athos “Reino de Zeus”, quizás porque se alcanzaba en otros tiempos un Zeus de bronce en la cima.

 En el actual monasterio de Hosíu Gregoríu había un templo de Poseidón. Pero nada quedaba de las prósperas ciudades helénicas cuando llegaron los primeros ermitaños. Desentendidos de las refriegas entre las antiguas deidades, hallaron en Athos un refugio donde consagrarse a la oración (siglos VI y VII). Es probable que se hayan sumado monjes fugitivos de la controversia iconoclasta (siglos VIII y IX) y de la oleada islámica que afectó a los cenobios de Oriente.

 El auge de los monasterios sobreviene gracias a una fórmula de compromiso entre un emperador dadivoso y un monje visionario y ejecutivo. San Atanasio el Athonita (925-1002), nacido en Trebisonda y profesor en Constantinopla, era amigo y confesor de Nicéforo II Phocas (963-969), un emperador austero aunque decidido a hacer fluir las riquezas imperiales hacia las empresas cristianas5.

 De la suma de las dos voluntades nació el Megistis Lavras (963) –Muy Grandísima Lavra–, libre de toda autoridad excepto la del emperador, y llamado a reunir a los ermitaños dispersos por la península. Alentadas por la influencia política y misionera de Constantinopla, pronto se sumaron a esta iniciativa fundaciones monásticas serbas, rumanas, búlgaras, rusas e incluso caucásicas. Zares y príncipes colmaron el Athos de donaciones, reliquias y obras de arte. Estatutos excepcionales, subvenciones y exención de impuestos consolidaron la presencia religiosa y afianzaron la autonomía de la Montaña Santa, que a partir del siglo X se convierte en el principal centro de espiritualidad ortodoxa.

  La cuarta cruzada marca el fin de la edad de oro de los monasterios (1204). Cegados por sus pasiones, los soldados de Roma saquearon Constantinopla y se dieron a combatir a los cristianos de Oriente. A principios del siglo XIV, mercenarios catalanes asolaron la Montaña Santa buscando sus legendarios tesoros y destruyeron muchos edificios que no habían saqueado los cruzados. Los turcos ocupan Constantinopla y ponen fin al dilatado crepúsculo bizantino (1453).

 

 

 

TOLERANCIA CON AJUSTE ECONOMICO.

 

 Frente a la intolerancia de Roma, los sultanes veían las cosas de otra manera. Separaron al emperador pero confirmaron al patriarca. Integraron a los cristianos al sistema jerárquico otomano y prohibieron a los musulmanes entrar en Monte Athos, que en los edictos romanos fue llamado “el país donde noche y día es bendecido el nombre de Dios, refugio de los pobres y los extranjeros”. Ciertos sultanes, incluso, pagaron la restauración y el embellecimiento de los monasterios, y el Athos conoció uno de los momentos más apacibles de su historia (siglos XV y XVI).

 Pero en un imperio fiscal como el turco, los privilegios se pagaban con altos impuestos. A cambio de la independencia de la república espiritual, los monjes estaban obligados a una fuerte contribución que se reunía mediante donativos. A pesar de la ayuda externa, debieron buscarse nuevos benefactores y aceptar la creación de organizaciones de vida monástica mejor adaptadas al “ajuste económico” (skitis y comunidades idiorrítmicas, a partir del siglo XVI y generalizadas desde el siglo XVIII).

 Muchos monasterios se despoblaron, hasta que nuevas donaciones hacían renacer la actividad conventual. A partir del siglo XVI, las controversias teológicas (se produjo una pequeña herejía interna) y los incendios afectaron la salud de los monasterios. La prolongada decadencia y la corrupción en la administración otomana hicieron olvidar la antigua tolerancia y creció la presencia de Monte Athos como baluarte de la grecidad y la ortodoxia. Amparado en su status especial, Athos fue centro científico y teológico de Grecia y del arte bizantino cristiano. Se convirtió en el eje espiritual de los griegos y en semillero de la intelectualidad, posibilitando el renacimiento helénico y el resurgimiento de Grecia como identidad geográfica (1821).

 En el siglo XIX, las confiscaciones estatales de ciertos fundos monásticos (metochion) y la falta de apoyo exterior contribuyeron a la declinación de los monasterios. Con la inclusión en la Lista del Patrimonio Mundial, la Unesco procura sostener con su esfuerzo aquello que antiguamente hicieron patriarcas y emperadores.

 Monte Athos aguarda que sus antiguos monasterios –demasiado grandes si consideramos la cantidad de monjes que albergan- vean renacer el fervor monástico. No parece imposible. La Montaña Santa ha conocido ocasos, pero también amaneceres.

 

 

 

UNA REPUBLICA TEOCRATICA DE PROVINCIAS MONASTICAS.

 

 Como vimos, el gobierno de Monte Athos tiene lejanos antecedentes de vida independiente. Poco después del cisma cristiano (1054), un decreto imperial otorgó a la Santa Montaña el estatus de independencia (1060), ratificado en 1094. En 1912, el ejército griego liberó la Montaña Santa del yugo otomano y reconoció su independencia, ratificada por la Conferencia de Londres (1913). En 1923, el Tratado de Lausana confió a Grecia la soberanía sobre los monjes. En la práctica, su independencia está determinada por las reglas monásticas generales y los edictos promulgados especialmente para la Montaña Santa desde la aparición de la vida monástica organizada: los typikon –que conservan lo esencial del primer reglamento de San Atanasio– y la Carta del Monte Athos, constituida en 19246 y ratificada por el gobierno griego en 1926.

 En estos documentos se estipula que la Sacra Comunidad Del Santo Monte Athos (Hierá Kinotis) es administrada por la Sínaxis o Santa Asamblea, sobre la que recae la función legislativa (Parlamento). Está constituida por los veinte superiores de cada monasterio soberano (epitropos), quienes eligen a un cuerpo ejecutivo: el Sacro Consejo (Hierá Epistasia), integrado por cuatro miembros (los epistate) nombrados entre cuatro grupos de cinco monasterios. Cada miembro (epistatis) posee la cuarta parte del sello impreso en los documentos oficiales. El delegado del primer grupo –los cinco primeros monasterios de la jerarquía– preside la Epistasía. Recibe el nombre de Protopistatis7, que es, a la vez, el presidente del Monte Athos. La Epistasía dura un año en sus funciones y tiene bajo su mando una pequeña guardia local.

 Diferentes organismos interiores y exteriores a Monte Athos se encargan de administrar la justicia8. La Constitución de Grecia le otorga a la Sacra Comunidad de Santo Monte Athos el status de territorio autónomo. Políticamente se trata de una autarquía monástica. Las autoridades residen en Karyes, donde un gobernador civil representa al Estado griego. Sus “provincias” son veinte monasterios con gobierno propio, Imperiales, Patriarcales y Stavropégicos9. Las aldeas monásticas son los “municipios”, una docena de skitis que dependen administrativamente de algún monasterio.

 En los monasterios cenobitas, un Consejo de Ancianos (Gerontes) es responsable de la legislación, mientras que la función ejecutiva la detenta un higúmenos elegido de por vida. En los monasterios idiorrítmicos no existen ni higúmenos ni gerontes. Una Honorable Asamblea (Sinaxis) de “Superiores”, de carácter vitalicio, elige a dos o tres de sus propios miembros (epítropos; plural: epítropi) para desempeñar funciones administrativas durante un año. Cada skiti es administrada por un dikeos (prior), cuya elección es supervisada por el convento del cual depende. En las idiorrítmicas, el dikeos resulta elegido por un consejo y es asistido por algunos consejeros del monasterio de pertenencia.

 

 

 

ASI EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO.

 

En tierra los habitantes rara vez se muestran: tienen ya todo lo necesario arriba y prefieren no bajar.

ITALO CALVINO

 

 

 

 Ubicarse fuera del mundo es una facultad del alma, escribe Cees Nooteboom. Cuando los hombres buscaron aislarse marcharon a la Montaña y al Desierto. Estos términos se encuentran a menudo confundidos en la primera literatura patrística. “En Europa, donde los pueblos desahogan sus querellas en las llanuras, se asciende a las montañas para buscar allí el aislamiento y la libertad”, dice Humboldt. Según el viajero prusiano, la independencia de los Guaraúnos del delta del Orinoco respecto del celo de los misioneros que querían evangelizarlos se debía a que podían trepar a los árboles más altos, donde construían sus cabañas. Eran estilitas a su manera, como aquel famoso Simeón que pasó treinta y siete años en contemplación mística sobre unas columnas. En Alemania, los extravagantes sancti columnares trataron de establecerse en claustros aéreos.  Respecto del mundo helénico, la idea de monachos congeniaba muy bien con la filosofía platónica. Los primeros cristianos creían que rechazar los bienes terrenales favorecía la fidelidad al dogma cristiano y la perfección religiosa. Lo que para el Egipto de Macario era alejarse al desierto, en Grecia significó vivir en las alturas. Las Meteoras de Tesalia nos proporcionan un ejemplo. El acceso se aseguraba mediante el cesto elevador, acaso inspirado en el rescate de San Pablo en Damasco: “Los discípulos lo descolgaron de noche por la muralla en un cesto” (Hechos de los Apóstoles 9,25).

 Rudofsky menciona el mismo antepasado de nuestros ascensores en el rascacielos monástico de Simonópetra, y se pregunta si un asedio podía justificar el ciclópeo basamento de un convento de proporciones tan modestas.

 

 

 

EL RASCACIELOS DEL ATHOS.

 

 Simonópetra es, desde el punto de vista socrático, una apuesta donde el auténtico filósofo debe mantener, hasta donde sea capaz, su espíritu libre y alejado de las ataduras materiales. Cielo y tierra lo definen con propiedad. Levantando la vista desde el mar, es lícito preguntarse si aquella colosal fortaleza eclesiástica nació por un desmesurado deseo de soledad terrena o como metáfora del Paraíso.

 Lejos de llevar el juicio técnico al terreno de lo sagrado, las guías de viaje proporcionan una explicación atendible. Presentan el problema desde el punto de vista militar. Cierto que para Villalón, los monasterios "parecen cada uno un gran castillo, y que las iglesias ... son pequeñas, como cosa que está entre enemigos". Para Rudofsky, sin embargo, el Athos no ha sido tan seriamente amenazado como para justificar semejante esfuerzo constructivo. Además, “... muchos intentos de evaluación del Simonópetra se desploman al saber que es una construcción relativamente reciente” (1895).

 En efecto, fue reconstruido sobre los antiguos cimientos, varios siglos después de que cruzados y piratas dejaran de ser un peligro. Aún admitiendo el argumento de la falta de espacio provocado por el incómodo desfiladero, Rudofsky sospecha que esta arquitectura del vértigo fue concebida por pura exuberancia. Si es cierto que en Grecia se tiene el deseo de bañarse en el firmamento, como escribe Henry Miller, siempre habrá viajeros comprometidos con las salvajes moradas celestiales.

 

 

 

LAS TORRES DE DIOS.

 

 En la ruta de cruzados, piratas y turcos, Villalón confirma el carácter defensivo de los monasterios: “Y cada uno tiene una torre y puertas de hierro, y puentes levadizas, no más ni menos que una fortaleza, y no se abre hasta que salga el sol. Tiene ansímismo cada monasterio su artillería, y fraires que son artilleros, y una cámara de arcos y espadas”. Algunas torres, como la del Karakalu y la del puerto de Iviron, son verdaderas obras de arte de la arquitectura militar medieval. En ciertos casos han conservado el nombre de sus constructores. En Chilandaríu hay una torre muy antigua, atribuida a san Sava, reformador del monasterio; y el Megistis Lavras está dominado por la torre de Tsimiskís (s.X), el emperador que le dio el primer typikón al Athos. Como prueba de aquella autonomía dejó ...este símbolo de fuerza sin parangón en la Montana Santa. Construida en 970, pasa por ser el más antiguo de los edificios athonitas. Para Brewster, ninguna de sus torres, más altas o más graciosas, puede rivalizar en belleza con el macizo pyrgos de Tsimiskís.

 Teñidas de misterio, las torres athonitas son a menudo lo único que se ha conservado de las primeras construcciones monásticas. Nea Skiti fue reconstruida en el siglo XVII a partir de un antiguo emplazamiento, del que no queda más que una torre del siglo XII. Haghíu Pavlu, arrasado por el fuego a fines del siglo XIX, no conserva de su pasado más que la torre del siglo XVI. Las ruinas de la torre de Morphonu, al sur de Karakalu, es todo lo que queda de un convento abandonado por el cisma cristiano. La Torre de San Basilio (pyrgos Haghíu Basilíu) fue construida por el rey serbo Milutín a principios del siglo XIV para defender el Chilandaríu de los frecuentes ataques turcos. El prestigio que obtuvo y los beneficios de sus metochia terminaron por convertirla en un monasterio soberano.

 

 

 

LOS LIBROS Y LA HOSPITALIDAD.

 

 Era común en los monasterios de Oriente que las sólidas torres monásticas alojaran las bibliotecas y el tesoro, junto a las dependencias necesarias para que los monjes resistieran un asedio. En la torre del puerto de Karakalu había refugio, capilla y refectorio. La biblioteca del Protatón de Karyes se encuentra en una torre; la rica biblioteca del Dochiaríu ocupa el último piso de una gran torre-fortaleza; la torre del Vatopedíu encierra el tesoro y la biblioteca del monasterio, con mil setecientos pergaminos iluminados.

También eran necesarias en los pequeños embarcaderos monásticos. El arsanas del Simonópetra cuenta con una gran torre (s.XVI). Podían servir a distintos fines, como lo prueba una crónica sobre el Megistis Lavras: "El monasterio posee, abajo y junto al mar, un puerto y un arsenal apropiado para pequeñas embarcaciones, y una torre alta y remarcable, edificio real de seis pisos. Se penetra a ella a través de un puente de madera que, levantado con destreza, impide que nadie pueda ingresar. En el interior, hay celdas bien acondicionadas y una capilla admirable; y en lo alto, grandes y fuertes bombardas para proteger el puerto y dar la señal al monasterio, allá arriba, cuando un peregrino llega; y para recibir con júbilo y regocijo a los higúmeni y monjes cuando ellos vuelven de viaje".

 

 

 

TRAS LOS INCENDIOS, LAS LEYENDAS.

 

Un proverbio greco-chipriota dice que dos cosas se difunden con rapidez: las murmuraciones y los incendios. Rabelais, que consideraba las murallas como inconvenientes para el prototipo monástico, culparía de aquellas a los constructores (“Donde hay muro delante, detrás hay fuerte murmuración, envidia, y conspiración mutua”). Pero si a las torres se las mide por su sombra -como decían los chinos-, a los monasterios será por los incendios. No hay monasterio que no haya sido quemado al menos una vez. La regla son varios incendios, frecuentemente "terminales". Aunque el fuego pueda simbolizar la purificación y regeneración espiritual, los incendios terminaron siendo el peor enemigo de los monjes.

 Cuando renacieron de las cenizas, los monasterios se nutrieron del gusto ecléctico de poderosos benefactores, pero perdieron para siempre el estilo original y los documentos fundacionales, alimentando nuevas leyendas sobre los milenarios fundadores monásticos. Hoy las torres no ven llegar piratas sino fatigados peregrinos. En la de Stavronikita –que alguna vez sirvió de centinela a la villa de Karyes–, yo he recibido acogedora bienvenida y los primeros ritos de la hospitalidad. Ellas nos muestran sus reliquias y nos cuentan sus historias. La torre de Milutín (s.XIV), entre el Chilandaríu y el mar, guarda la asombrosa leyenda de la princesa que fue autorizada a recluirse allí de por vida; y todavía se recuerda el martirio de los veintiséis monjes quemados vivos en la torre del Zographu, en 1276.

 

 

 

ASCETAS Y DEMONIOS EN EL JARDIN DE LA VIRGEN.

 

¡Sólo dependía de mí, sin embargo, huir a las montañas!

GUSTAVE FLAUBERT

 

Dos tradiciones y formas de vida coexisten en Athos: el cenobita, rigurosamente comunitario, y el idiorrítmico, que nació en el siglo XV-XVI como respuesta al crecimiento de la riqueza y las exigencias de una vida más libre e individual; acaso una resurrección de aquella edad de oro de los monasterios, cuando el dinero podía ser llevado a los claustros como hoy a los bancos10. Cristóbal de Villalón habla de casas athonitas con viñas y olivares, ...y el fraire que tiene dineros compra una de aquellas, y escoge cuatro o cinco compañeros que se lo labren y dales su mesa y mantiénense de aquello.

 Los idiorrítmicos no están sujetos a una regla comunitaria. Tampoco están obligados a asistir a todos los oficios. Los monjes pueden poseer bienes y recibir una paga por su trabajo. Como el sistema no cubre las necesidades por igual, los idiorrítmicos acentúan las diferencias entre monjes ricos y pobres, y también entre sus kelliá. La comida es más variada y abundante, y es practicada en el kellíon, incluso en compañía de visitantes.

 En la década del 80 ambas modalidades se repartían por mitades entre los veinte monasterios. Los más grandes están en la costa Este y son idiorrítmicos: Megistis Lavras, Vatopedíu, Iviron, Chilandaríu, Pantokrátoros. También son idiorrítmicos Xeropotamu y Dochiaríu. La lista no es definitiva, ya que la Carta del Monte Athos permite que un monasterio idiorrítmico pueda volverse cenobita, pero nunca a la inversa. Hoy gana terreno la tradición cenobita: unirse y compartir, según las enseñanzas de Jesucristo.

 

 

 

ASCESIS A LA CARTA.

 

 Desde los monasterios hasta los eremos inaccesibles, toda una gama de prototipos representan distintas formas de vida religiosa. El eremitismo es una supervivencia de las primeras formas de ascetismo religioso. Hay también pequeñas comunidades de dos o tres monjes que comparten sencillas celdas (kelliá) o cabañas (kalyvia), aisladas o agrupadas en villas monásticas (skitis). Suelen vivir de la agricultura o del artesanado. Aunque han elegido una vida más libre, dependen siempre de un monasterio al que pagan un canon o alquiler. Ya no quedan en Monte Athos monjes errantes como el que Jacques Soubrier dice haber visto; sí, en cambio, anacoretas que viven en contacto simple con la naturaleza. En las pequeñas ermitas que orillan los senderos, aprovechan el paso de los peregrinos para matizar su soledad y darnos consejos útiles a fin de no errar el camino. Otros, aislados, evitan todo contacto con extraños: Se les envía su alimento en una cesta atada con una cuerda, porque rehusan todo contacto. Cuando ésta es recogida y vuelve llena es que el ermitaño ha muerto (Soubrier).

  Las ermitas pueden ser cavernas naturales rústicamente acondicionadas al borde de altísimos precipicios, o pequeñas cabañas, difícilmente accesibles a través de escaleras practicadas en la roca11. Cuevas deshabitadas pueden ser vistas en las proximidades de los monasterios. Algunas son llamadas con el nombre del santo que allí vivió. No es raro que hayan precedido a las primeras fundaciones monásticas.

 

 

 

LA MONTAÑA MASCULINA.

 

 La falta de mujeres ha preocupado más a los viajeros que a los monjes. Ralph Brewster admite que el tema de las mujeres fue el acicate para viajar. Seis mil barbas pueden responder por historias de amor que comienzan o concluyen en Athos. Habla de monjes que se escabullen en compañía de hermanos jóvenes por los huertos del Vatopedíu, donde puede visitar los aposentos del padre Sofronios, y hasta de un epítropos de la Gran Lavra que él se propone conocer pues, según había podido averiguar, se trataba de una mujer disfrazada (lo cual, evidentemente, no era cierto). Después de mencionar algunas mujeres que intentaron visitar la tierra santa, y que aseguran haber vivido aventuras inverosímiles, este indiscreto inquisidor se pregunta: ¿Quién sabe si otras mujeres no han derrotado las milenarias leyes del Athos y, ocultas a la notoriedad, no han logrado vivir en el único país del mundo del cual están excluidas?

 

 

 

¿UNA RELIGIÓN MISÓGINA?

 

 En El nombre de la rosa, el ecuánime Fray Guillermo derrama un bálsamo de indulgencia sobre los remordimientos del joven novicio, recordándole, en el mismo escenario del pecado, de qué manera las Escrituras hablan de la mujer como fuente de tentación (Quien agrada a Dios escapa de ella, pero el pecador en ella queda preso).

 Cuando el abba Sisoes fue invitado por un discípulo a dejar el desierto y vivir en un país habitado, el experimentado asceta puso condición: Vayamos adonde no haya mujeres. Como el Maligno presenta batalla a los santos a través de las mujeres, la doctrina ascética abunda en advertencias contra ellas: Evita a toda costa dormir en el lugar en que hay una mujer, recomienda el abba Teodoro de Fermo; Nunca pongas tu mano en el plato con una mujer ni comas con ella, y con esto te alejarás un poco del demonio de la fornicación, aconseja el abba Daniel. Los apotegmas de los Padres del Desierto no se cansan de prevenir al virtuoso contra la concupiscencia.

 Puede concluirse que la célebre prohibición de Constantino generaliza una regla que era bien conocida en los claustros de Oriente. Resulta por lo tanto menos novedosa como conveniencia monástica que como interés político: afirmar la idea de una nueva religiosidad frente a la degeneración del prototipo monástico del período iconoclasta.

 

 

 

LA GRECIA CLASICA, UNA CIVILIZACIÓN MASCULINA.

 

 El misterio del Monte Athos convenía muy bien a la visión de un mundo construido de acuerdo con los patrones utópicos y platónicos. Recuérdese la idea de una tierra griega iluminada por la verdad, la moralidad y los ideales estéticos de la Antigüedad que tanto cultivaron los viajeros sentimentales. Pero no era desconocido el hecho de que ese misterio pudiera guardar relación con ciertos hábitos culturales admitidos en la Grecia clásica, que muy bien podrían haber perdurado en aquel mundo complejo donde, según Durrell ... pasado y el presente están unidos mediante una multitud de delicados hilos12.

 Se ha dicho, por ejemplo, que las mujeres eran excluidas de la vida cívica e intelectual y que el tipo de amor más ensalzado era el que se daba entre los hombres. Es indudable que en la cúspide de la civilización griega se afirmó una homosexualidad, no temperamental sino cultural13. Aún a sabiendas de que la castidad es propia de la vida de reclusión, el ostracismo femenino por decreto ha contribuido a exaltar el interés de los viajeros por las secretas apetencias de los monjes. J.J. de Dardel escribe: Pero la castidad perfecta, fin supremo de la bula de Constantino, es un ideal raramente alcanzado. Los monjes, que no conocen ni mujeres ni hembras, viven su sexualidad entre ellos.

 Brewster –bien dispuesto a dejarse contar historias de boca de muleteros y porteadores– va más lejos todavía. Acaso evocando el mito del Andrógino, cuyas dos mitades se buscan eternamente en todas las parejas del mundo, previene que ...si uno vive en Grecia y se trata con los griegos, tiene que aceptar como naturales muchas cosas que en la Europa occidental serían consideradas vergonzosas.

 

 

 

ZORBA Y LOS APOTEGMAS.

 

 Según Durrell, en Esparta y Tebas el entrenamiento para la areté (virtud, excelencia) entre las clases dominantes se basaba en la sodomía. La homosexualidad militar también está probada14. Una de las características de esta homosexualidad era la amistad amorosa entre hombres maduros y adolescentes15. En la antigua Grecia, la atracción por la juventud se pone de manifiesto en la "pederastía educativa", que trae a la memoria la modalidad de reclutar niños y jóvenes inexpertos y llevarlos tempranamente al monasterio16. En el libro de Brewster resulta evidente en ciertos hiérondes un reclamo de juventud como complemento necesario a la vida retirada y plena de bellezas naturales. No sabemos hasta dónde esta costumbre pudo haber motivado la prohibición constantiniana que pesa sobre los rostros barbilampiños. Sí sabemos que para los antiguos griegos la representación de la belleza humana era un acto religioso. El amor hacia la belleza física es un trampolín hacia la espiritualidad. También aquí resulta forzoso admitir que la proscripción no es en modo alguno novedosa. Los apotegmas de los Padres del Desierto también desaconsejaban la presencia de niños junto a los ascetas. Recogiendo antiguas tradiciones, la regla de san Teodoro el Estudita (759-826) prohibía a los higúmeni recibir en su celda a un joven monje, por quienes ellos tenían una afección particular . Lo mismo había aconsejado Macario el Egipcio, en el siglo IV: Cuando veáis niños, tomad las melotas (hábitos) y alejaos17. La regla estudita ofrecía otras precisiones: No te sientes aliado de un monje joven. Cuando te acuestes, cuida que tus vestimentas no toquen las suyas. Pide a un viejo monje que se ubique entre ambos.

 Si en su práctica sabiduría, Zorba cree prudente prevenir a su patrón, no hace otra cosa que demostrar que estaba al tanto de las antiguas reglas de los conventos del Bósforo. A través de la natural desfachatez de su personaje, los desvelos religiosos de Kazantzakis –ferviente peregrino athonita– no le impiden aceptar el humor irreverente del alma griega.

 Si bien ciertas historias pueden llevar a pensar que se ha exagerado la espiritualidad conventual, es casi seguro que en Monte Athos nos encontremos más dispuestos a confirmarla. Henry Miller, que no estuvo allí pero que supo captar y transmitir el espíritu griego, resume todo lo que de aquel país, en cuerpo y alma, pueda decirse: Los hombres pueden incluso en Grecia, entregarse a sus mezquinas e ineficaces diabluras, pero la magia de Dios prosigue su obra, y a pesar de lo que la raza humana haga o intente hacer, Grecia continúa siendo un recinto sagrado, y estoy convencido de que lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos19.

 

 

 

REFUGIO DE PRINCIPES, AMANTES Y BANDIDOS.

 

 Prófugos y andariegos vieron con buenos ojos el Monte Athos. Cristóbal de Villalón, que huía de los turcos (pero más temía a los cristianos), escribe: Pensando que en el momento que pusiese el pie en Monte Santo sería libre, porque así me lo decían los griegos, hice que me alquilasen una barca que me llevase al primer monasterio. Para no despertar sospechas, el español se hacía pasar por fraile, aunque resulta más fácil imaginarlo eludiendo los tediosos oficios y deambulando de monasterio en monasterio esperando la oportunidad para embarcar a Quíos o Lemnos. Aquel encierro nunca podía tranquilizar a un espíritu aventurero como el suyo, sobre todo cuando en ciertos monasterios los turcos podían hacer operativos en busca de refugiados. Todos dijeron de ir al Monte Santo, y yo lo acepté, estando muy engañado con pensar que harían a fuer de acá los fraires en recoger a los huidos y malhechores.

 Brewster, todo un especialista en historias de exilios y monjes advenedizos, habla del joven novicio del Dochiaríu que, habiendo escapado vivo de un terrible temporal, visitaba uno tras otro los monasterios para averiguar cuál le convenía más. También menciona a un ruso báltico del Panteleímonos que curó milagrosamente de una grave enfermedad y, cumpliendo una vieja promesa, se recluyó en Monte Athos sin dejar el menor rastro de su paradero.

 Las actitudes más decididas no eran muy diferentes de la de los primeros anacoretas. Abandonaban todo, renunciando a la patria y a los amigos, y permanecían en aquel escondite hasta que algún pariente, a punto de darlo por desaparecido, ponía rumbo a la Santa Montaña.

 Amantes contrariados y bandoleros conversos se han sentido involucrados en la paz conventual del Athos, implorando consuelo y aliviando la conciencia de los r-mordimientos y fracasos del dinero y de la carne. Si de huir de las mujeres se trataba, el país de la veda constantiniana prometía ser el bálsamo capaz de aliviar las heridas del amor. No es descabellado imaginar que una historia non sancta podría escribirse con aquellos que alguna vez llegaron a la Montaña movidos más por un desengaño que por auténtica vocación.

 Según Durrell ... es, o era una tradición en Grecia que, cuando los bandidos iban envejeciendo y no tenían una pensión, se arrepintiesen bruscamente y se convirtieran en monjes espléndidos. El bandido que Brewster conoció en el Hosíu Gregoríu recordaba las palabras de un sacerdote que le había asegurado que sólo encontraría la paz si se hacía monje. Cuando se es monje en Monte Athos, uno deja ya de tener preocupaciones de cualquier índole. También los problemas de salud mental podían poner a un griego en la senda de los monasterios distantes. Hasta la muerte recogida y solitaria podía buscarse allí. ¿Acaso no pregona Montaigne vivir y reír entre los nuestros y morir entre desconocidos? Entonces comprendí que en el corazón de todo griego hay enterrado un monje a la espera, que surge cuando falla la fortuna y la juventud se desvanece, dice Durrell. Cierto griego confiesa a Kazantzakis: Cuando pierda mi dinero me haré monje. El mismo Kazantzakis llega a aventurar sobre sus más elevados deseos: ¿Cuándo, pues, me retiraré al fin a la soledad, solo, sin compañeros, sin alegrías ni tristezas, acompañado solamente de la santa certidumbre de que todo no es más que sueño? ¿Cuándo, con mis andrajos, sin deseos, me retiraré feliz a la montaña?

 Según Villalón, el sistema idiorrítmico de Monte Athos ofrecía una solución aceptable cuando se aproximaba el final de la vida productiva: Ansí, hay muchos labradores que son viudos o de otros oficios, y hacen dinero lo que tienen y mátense fraires allí. Del mismo modo Occidente conoció comerciantes, soldados y caballeros que abandonaban la vida mundana para retirarse finalmente a un convento.

El peregrino moderno también huye a su manera. Busca los atributos más sagrados de la belleza, del mismo modo con que Kazantzakis terminó confesando que el fervor místico de antaño se había convertido para él en goce estético. Un hombre que busca la armonía tiene el sentido de lo sagrado, escribió Le Corbusier en Monte Athos.

  El esplendor del aislamiento lleva en sí mismo la certeza de que no habremos de llegar allí sino en calidad de refugiados.

 

 

 

LAS MUJERES QUE AMARON EL ATHOS.

 

 Mujeres de intriga y acción ocupan la historia de Bizancio. No hay más que recordar a la voluntariosa Teodora, esposa de Justiniano, y a la joven y ambiciosa viuda Teophanó. La emperatriz Irene fundó un monasterio de hombres en Constantinopla y no era raro que alguna cortesana se recluyera en un convento y muriese vistiendo los hábitos monásticos.

 Privadas de ingresar a la Montaña Santa, ellas ganaron su lugar en las leyendas del Athos, donde varias reinas, emperatrices y princesas se sumaron al esfuerzo de sostener los monasterios.

 La tradición atribuye a la emperatriz bizantina Pulquería la fundación de Xiropotamu y Esphigmenu20. También habría decidido la reconstrucción de Vatopedíu y de Iviron tras las supuestas destrucciones del emperador romano Juliano, llamado El Apóstata (332-363).

 La princesa serba Ana la Filántropa contribuyó personalmente con propiedades en favor del Konstamonitu, mientras que Vassiliki, esposa de Alí Pacha, donó los fondos para levantar un ala del monasterio. Una tradición asegura que, frente a la destrucción iconoclasta, la esposa del patriarca Symeon de Constantinopla habría confiado a las olas del mar la salvación de la imagen de la Virgen Glykophilussa, que llegó milagrosamente al Philoteu.

  La reliquia más curiosa del monasterio Haghíu Pavlu es el llamado "Presente de los Reyes Magos", restituido por Mará, la esposa cristiana del sultán Murad II21. Mará quiso entregar personalmente algunos bienes cristianos, pero cuando se disponía a desembarcar en el puerto del monasterio una voz la retuvo, recordándole que la Theotokos es la única reina del Athos. Ella obedeció y antes de partir mandó construir una pequeña iglesia en el aquel lugar.

 

 

Una princesa recluida en el Athos

 

Stephan Dushan –el Carlomagno serbo– parece haber visitado el Chilandaríu con su mujer Helena (1347). Cerca de allí, una torre solitaria que todavía existe, entre el monasterio y su puerto, es famosa por la historia de una princesa serba que no pudo soportar separarse de su hijo que había ingresado al monasterio. Fue autorizada a vivir austeramente en ella y a saludar diariamente a su primogénito desde lo alto de la torre, pero sin salir de ella jamás.

 Hoy es inútil buscar una mujer en el barco de Daphni. Los monjes creen que el Athos se debe sólo a la más pura de todas: la Madre de Dios.

 

 

 

 

IV. EL PAÍS DE LAS CAMPANAS MUDAS.

 

Pienso en las campanas mudas: ¿dónde están las antiguas campanas?

BLAISE CENDRARS

 

 Si hemos de creer al viajero Cristóbal de Villalón, la prohibición de utilizar campanas fue dispuesta por los turcos que ocuparon Constantinopla. En todo el imperio del Gran Turco no las hay, ni las consiente. Unos dicen que porque es pecado; mas yo creo a los que dicen que, como hay tantos cristianos, teme no se le alcen o le hagan alguna traición; porque el repique de campana junta mucha gente. Señala que los turcos pudieron haber eliminado las campanas como forma popular de establecer la hora. La gente pasó a medir el tiempo según el llamado de los muecines a la oración, ... que hunden la ciudad a voces más que campanas.

 Sin embargo, Clavijo, que pasó por Constantinopla antes que los turcos, escribe: Las campanas no tañen en las iglesias, a no ser en Santa Sofía de Constantinopla, en donde con unas tablas tocan a misa. ¿Por qué no pensar entonces que los turcos hayan consentido el uso de un sistema ya conocido por los primeros cristianos de Oriente? Estos llamaban a la oración mediante un símandron, barra de metal que se golpeaba con la ayuda de un martillo22. Metales y maderas pueden tocarse simultáneamente y en tonos diferentes: Lo traen en el aire en una mano, que no toque a ropa ni a nada, y en la otra un macico, con el cual va repicando en su tabla por todo el monasterio, y hace todas las diferencias de sones que acá nosotros con las nuestras (Villalón se refiere a las campanas). El símandron (de sema: signo) tiene para cada oración tañidos propios y nunca se usa dentro de la iglesia. Una primera llamada, más suave, es provocada por el monje en la puerta de cada celda. La convocatoria va in crescendo y puede concluir con las campanas.

 Amanecía. Se oyó el son del símandron. Me asomé a la ventana. A las primeras luces del alba, vi a un monje delgado, cubierta la cabeza por largo velo negro, que recorría lentamente el contorno del patio golpeando con un martillito en una tabla, maravillosamente sonora. Llena de dulzura, de armonía y cual una llamada, la voz del símandron se expandía en el aire mañanero. (N.Kazantzakis)

 

 

 

DE LAS FORMAS DE MEDIR EL TIEMPO Y OTRAS CONFUSIONES.

 

 Una antigua tradición manda cerrar las puertas del monasterio al atardecer. En esto parecen estar de acuerdo idiorrítmicos y cenobitas, griegos y extranjeros. En las skitis, la hospitalidad es más doméstica y uno se permite explicar mejor sus demoras. Pero el viajero, muy acostumbrado a una cartilla de horarios puntillosos, termina preguntándose: ¿a qué hora exactamente?

 En el tiempo bizantino, las doce no dan al mediodía sino a la hora de ponerse el sol. Iviron utilizaba hasta no hace mucho el sistema caldeo, medido desde la salida del sol. En el progresista Vatopedíu –el primer monasterio que tuvo luz eléctrica–, el reloj marcha con la hora de Atenas, lo cual –según algunos– es motivo de irritación entre los demás monasterios. Todas las guías dicen estas cosas y los viajeros las repiten, y aunque los monjes todavía prefieran la hora litúrgica es lícito parafrasear a Baudelaire: ¡Ya no hay minutos, ya no hay segundos! El tiempo ha desaparecido; ¡es la eternidad la que reina, una eternidad de delicias!

 Monte Athos es la abadía de Telema de Rabelais, donde no se permiten los relojes de ninguna clase; y es la Jansenia de la Guía de Lugares Imaginarios, dominada por la doctrina de la religión, donde los relojes están mal fabricados, de manera que la gente nunca sabe la hora correcta.

  Recuerdo muy bien la única vez que me afectó la cuestión horaria. Fue en Stavronikita, cuya hospedería no se ofrece a los visitantes más que en caso de necesidad, ya que no fue prevista en el repoblamiento del monasterio, en 1968 (los viajeros son invitados a visitar el monasterio y proseguir viaje hasta Pantokrátoros o Iviron). Temiendo "llegar tarde" al monasterio siguiente, pregunté al monje la hora. Mirando su reloj me respondió que eran las seis. (Pensé que no tenía nada que ver con la hora bizantina, pues estaba cayendo el sol.) Tras una hora de marcha llegué a Pantokrátoros. Repetí la pregunta –acaso presintiendo una respuesta inverosímil– y me dijeron: las cinco. ¡En tres kilómetros había caminado una hora hacia atrás! Si los relojes confunden, los calendarios también. Ingresé en la oficina de Karyes un 25 de abril "gregoriano" y salí media hora más tarde con mi diamonitirion fechado el 12 de abril "juliano"...

 Los mapas confirman los malentendidos. Kafsokalyvia no figura dos veces en el mismo sitio y dos nombres distintos pueden terminar siendo una misma skiti. Puede acontecer entre peregrinos afectos a la cartografía que, buscando ponerse de acuerdo sobre el camino a seguir, el mapa de uno sea diferente al del otro; y ambos finalmente distintos de la oportuna indicación del monje de turno.

 

 

 

 

Notas útiles.

 

1. Georges Théotokas. Montagnes saintes du Proche Orient: Samarie, Sinai, Athos, 1960.


2. Eneas Silvio Piccolómini. Descripción de Asia. Alianza editorial. Madrid, 1922. En el British Museum hay un cuadro de Pietro de Cortona (siglo XVII) que representa la propuesta de Deinócrates para transformar el monte Athos en una colosal imagen de Alejandro de Macedonia.


3. Aunque Herodoto refiere que la armada persa navegó por el canal (VII, 72), algunos historiadores creen que esta obra jamás fue concluida, y que Jerjes pasó las naves por tierra de un lado al otro de la península, tal como hacían los griegos en el istmo de Corinto, donde habían construido una calzada artificial para arrastrar las naves por tierra en lugar de dar la vuelta al Peloponeso. Una cruzada similar puede apreciarse en el film Fitzcarraldo, de Werner Herzog.

4. En 843, los monjes athonitas participaron en un concilio convocado por la emperatriz Teodora (842-56) sobre la reforma iconoclasta.


5. Phokás fue asesinado por quien lo sucedió en el trono, el emperador Juan Tsimiskís (969-976). El desafortunado destino de este gobernante inspiró a Kazantzakis la tragedia Nicephoro.


6. Conjunto de documentos que reglamentan la existencia y soberanía de la Montaña Santa. La Carta del Monte Athos establece la jerarquía de los monasterios existentes y prohíbe nuevas fundaciones.


7. Antiguamente, Protos, cuando su autoridad no estaba limitada por los epistate.


8. La Sínaxis actúa como tribunal de primera instancia. Presidida por el Protopistatis, tiene el deber de conservar la tradición, zanjar disputas entre monasterios y confeccionar los informes que se presentan al Patriarca o al gobierno de Atenas. La Epistasía maneja los fondos comunes, aprueba el presupuesto y recauda los impuestos.


9. Imperiales porque su fundación ha sido ordenada o ratificada por decreto de los emperadores bizantinos; Patriarcales, porque dependen –sólo en el orden espiritual– del Patriarcado Ecuménico de la Iglesia Ortodoxa; Stavropégicos, por la cruz que se imprimía en la piedra fundacional (stavros: cruz; pag: punta de roca).

10. El sistema recuerda al béguinage de Flandes, donde piadosas mujeres ligadas por votos a la obediencia y a la castidad vivían de sus recursos personales. El béguinage de Brujas fue fundado por una mujer de Constantinopla (siglo XIII).


11. El trogloditismo fue la primera forma de retiro monástico. Las cavernas fueron consideradas por el hombre primitivo como sitios sagrados. Durante la era cristiana no perdieron su interés como lugares sobrenaturales. Para la memoria colectiva, la caverna es la habitación primordial, símbolo místico y expresión del más absoluto desprendimiento.

12. Lawrence Durrell. Las islas griegas. Ediciones del Serbal (Barcelona, 1983).

13. Jean Marie Le Blond. “Sexualidad griega”. En Nuevo planeta (Buenos Aires, nov./dic. De 1970.

14. Alejandro de Macedonia tenía una guardia personal de apuestos jóvenes que peleaban en pareja (hetairos). La potencia del célebre Batallón Sagrado de Tebas, comandado por el estratega Epaminondas, radicaba en la mutua protección y emulación que se debían entre sí las ciento cincuenta parejas de jóvenes soldados, de bellos cuerpos y bien templados espíritus. Los jóvenes podían estar casados, pero la austera disciplina de guerra espartana les llevaba a vivir y dormir entre hombres.

15. En ciertas culturas, la pederastia no está considerada como un vicio sino como un rito de iniciación, pacto de amistad o de confraternidad, o como ritual gracioso (Arnold Van Gennep. Los ritos de paso. Taurus, 1986).


16. No está permitida actualmente la adopción de niños en Monte Athos. Los menores de edad sólo pueden ingresar para recibir educación monástica y con permiso de sus padres.

 

17. Jacques Brosse (op.cit.)

 

18. Martín de Elizalde OSB. Los dichos de los padres del desierto. Ediciones Paulinas (Buenos Aires, 1986).


19. Henry Miller. El coloso de Marusi (Seix Barral, Barcelona, 1969).


20. Mujer piadosa que intervino activamente en el famoso conci¬lio de Calcedonia (451) y que se ocupó de la instrucción cristiana de su hermano, el emperador Teodosio II (408-450). A los cincuenta y dos años fue inducida a casarse. Sólo accedió con la condición de que el anciano marido respetara su virginidad (A. Christian Sellner, op. cit.).


21. Murad II (1404-51) fue sultán entre 1421-51. Mara fue madre de Mehmet II (1432-81), sultán entre 1451-81, a quien los musulmanes llamaban Al Fatih (El Victorioso), y los occidentales El Conquistador. El joven Mehmet (Muhammad o Mahoma, en turco) tenía veintiún años cuando conquistó Constantinopla, en abril de 1453.


22. Christian Roché: "Le chant del Eglises d´Orient"; en Qantara. Institut du Monde Árabe. París. 1996. Núm 21. En la cristiana Constantinopla también debió servir para anunciar las horas: Cuando los fieles acudían al templo, esperaban paseando por ese barrio la hora exacta de las ceremonias, cuyo comienzo anunciaba el sematrón (Eduardo Aunós: Estampas de ciudades. Espasa-Calpe Argentina. Buenos Aires, 1948).

 

 

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